Del capitalismo oligárquico al capitalismo democrático

La sospecha hacia el empresariado y el capitalismo existe desde siempre y se expande en todo el mundo. En Chile, la revelación de conductas empresariales que atentan contra los principios que el propio capitalismo defiende, como son la libre competencia y el beneficio del consumidor, ha incrementado la desconfianza. Los casos se acumulan, por lo que el recurso habitual de presentarlos como excepcionales ya no funciona. ¿Que hay quienes están aprovechándose de la situación para disparar a la bandada contra el capitalismo y la empresa? Por cierto: lo mismo ocurre, por ejemplo, cuando a raíz de casos de corrupción en política los amantes de las dictaduras disparan contra la democracia, o cuando a raíz de los abusos sexuales en la Iglesia los militantes del anticlericalismo proponen constreñir la religión al ámbito estrictamente privado. Esta no es excusa, por lo tanto, para que la empresa se encierre en si misma adoptando la posición de fortaleza asediada. Aquí no radica el espíritu del capitalismo. Éste radica en su inteligencia para aprender de sus críticos y de sus fracasos, en saber adaptarse pragmáticamente a cualquier situación y hasta sacar partido de ello.

Para ponerlo en términos simples, lo que estamos viviendo en Chile es la transición desde un capitalismo oligárquico a un capitalismo democrático. Como toda transición ella genera incertidumbre. Pero es un viaje sin retorno, que no se puede ni esquivar ni postergar. La empresa chilena tendrá que acomodarse a un capitalismo propiamente democrático, que le obliga a modificar hábitos, costumbres, conductas, estilos, paradigmas.

En democracia quienes ejercen el poder —¡y los empresarios vaya que lo ejercen!— deben saber que sus beneficios están asociados a un costo que el capitalismo oligárquico no tenía interiorizado: el costo de vivir en una pecera, bajo la lupa de la opinión pública, de las autoridades, de los medios de comunicación, de los consumidores, y suma y sigue. Cada día más actores cuentan con el poder para solicitar una investigación frente a una situación que consideren irregular o sospechosa. Ya no se contentan con el “exit”, como le llamara Albert Hirshman —esto es, con usar el propio mercado para buscar otras opciones—; quieren ejercer el “voice”, esto es, la protesta y la defensa organizada de derechos que estiman han sido vulnerados sea como consumidores, accionistas, vecinos o simplemente como ciudadanos. La empresa tendrá que acostumbrarse a esto: a estar más expuesta, a que su actuación no sea objeto de alabanza y gratitud, sino de cuestionamiento, critica y sospecha.

La democracia se base en una premisa —o si se prefiere, en una ilusión—: la igualdad entre los ciudadanos. En la medida en que este principio se profundiza, los empresarios ya no están sobre un pedestal. Empiezan a ser tratados como a cualquiera chileno, sea por los tribunales, las autoridades o los medios de comunicación, y con esto comienzan a sentir un frío que desconocían: el del temor a la ley y a la opinión pública. Este es el punto de partida de la adaptación empresarial al capitalismo democrático: el cumplimiento de la ley y la acotación de la justicia.

Mucho se habla de restablecer las confianzas dañadas, de la necesidad de cursos y de códigos éticos. Esto nunca está demás, pero lo clave es comportarse de acuerdo a la ley, disponer de sanciones duras para quienes la vulneren, y contar con autoridades que la hagan cumplir. Esto debiera llevar a las empresas a modificar radicalmente el encargo que se hace a sus asesores legales: “lo que queremos de ustedes no son atajos para saltarnos las leyes o mitigar sus efectos, sino que nos adviertan donde no estamos siendo diligentes en cumplirlas: a esto estarán asociados los premios”.

Se requiere también acabar con esa cultura winner tan arraigada en el mundo empresarial, que conduce a negar instintivamente toda crítica o cuestionamiento, y sostener que todo, siempre, se hace bien. En tiempos de cambio como estos, en que los paradigmas y hábitos tradicionales están siendo desbordados, es preferible hacer lo contrario: abrir lo ojos, no cerrarlos; acoger hasta la más leve señal o advertencia de falla o anomalía, no reprimirla; escuchar al mensajero de las malas noticias, no crucificarlo; informar e investigar, no callar o refugiarse en la negación. La instrucción a los ejecutivos debiera ser: “cualquier falla, error o fracaso será admitido; lo que no será admitido bajo ninguna circunstancia es el ocultamiento, la mentira, o la minimización de un problema”.

Lo mismo vale hacia el exterior. Los asesores comunicacionales debieran recibir el siguiente mandato: “no los queremos para comunicar lo perfecto que somos, pues no lo somos ni lo pretendemos; ni para pontificar acerca de nuestras virtudes, pues éstas se encarnan en lo que hacemos; ni para presentarnos como ejemplos morales, pues somos tan humanos como cualquiera, una mezcla de ángeles y demonios; tampoco para ocultar o dulcificar nuestras fallas, pues estamos seguros que podemos aprender de ellos; menos para agredir a quienes nos impugnan: les pedimos que nos ayuden a ser más porosos a lo que sucede fuera de nosotros, y a comunicar que, a pesar de nuestros errores, nos esforzamos por actuar correctamente, y que estamos abiertos a pedir disculpas cada vez que corresponde”.

Adaptarse a una relación menos soberbia y más horizontal con el resto de la sociedad será duro. Pero habrá que acomodarse, pues son las reglas del capitalismo democrático, y lo que permitirá a la empresa y al capitalismo acercarse a una sociedad que hoy les mira con recelo.

Eugenio Tironi

 

 

 

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